Alec Segaert, corredor del Bahrain, se ha alzado con una victoria espectacular en la duodécima etapa del
Giro de Italia, disputada sobre 175 kilómetros entre Imperia y Novi Ligure.
En una jornada de tremenda exigencia donde el pelotón rodó a una velocidad media superior a los 46 kilómetros por hora durante los primeros tramos, el belga demostró ser un rodador excepcional.
A falta de 3 kilómetros para la línea de meta, Segaert lanzó un ataque incontestable que pilló desprevenido al gran grupo, una maniobra que recordó inevitablemente a su brillante triunfo en el GP Denain.
Por detrás hubo un parón táctico y, aunque Fabio Van den Bossche, del equipo Soudal, salió tímidamente en el último kilómetro y medio para intentar cerrar el hueco, el empuje del vencedor ya era absolutamente irremontable. La escuadra Visma intentó liderar la caza en los compases finales sin éxito, permitiendo que el ciclista cruzara la meta en solitario para firmar una de las victorias más hermosas de la presente edición.
La etapa estuvo marcada desde el principio por múltiples ataques y un ritmo frenético de salida. Tras varios intentos de corredores como Johan Jacobs o Mirko Maestri, se consolidó una primera escapada con Jonas Geens del Alpecin, Jardi Van der Lee del EF, Manuele Tarozzi del Bardiani, Mattia Bais y el español Juan Pedro López del Movistar.
La permisividad inicial del pelotón llevó a que la cabeza de carrera se ampliara hasta formar un peligroso grupo de dieciocho unidades, sumando a hombres de gran nivel y experiencia como Jasper Stuyven. Ante esta amenaza, los equipos de los velocistas tomaron el control absoluto de la situación.
El conjunto Unibet, trabajando para Dylan Groenewegen, y el Soudal, defendiendo las opciones de Paul Magnier en su búsqueda de una tercera etapa, mantuvieron la fuga siempre estabilizada en torno al minuto de diferencia. Llegó un punto en la aproximación a las cotas donde la formación Unibet impuso un ritmo tan excesivamente lento que rozó lo antideportivo, preparando el terreno para la inminente batalla montañosa.
El guion de la carrera saltó por los aires al llegar a las primeras rampas del Colle Giovo, donde el equipo Movistar tomó las riendas con una estrategia ofensiva devastadora. La escuadra endureció la ascensión con el objetivo claro de limpiar el pelotón de velocistas puros y favorecer las opciones de
Orluis Aular.
El altísimo ritmo navarro provocó una verdadera escabechina, descolgando a especialistas de la talla de Groenewegen, Pascal Ackermann, Tobias Lund Andresen e incluso al mismísimo Jonathan Milan.
Poco después, Magnier también cedió ante el empuje incesante de los corredores telefónicos, quienes neutralizaron definitivamente a la fuga a 68 kilómetros del final. Sin embargo, la jornada también trajo noticias amargas para el equipo con el abandono de Javier Romo, quien se bajó de la bicicleta por problemas de salud.
La estructura explicó la situación con la siguiente declaración: «Durante el transcurso de la duodécima etapa, Javi Romo se ha visto obligado a abandonar el Giro d’Italia debido al catarro que arrastraba en los últimos días y que le impedía respirar con normalidad sobre la bicicleta. Ahora toca recuperarse y volver más fuerte».
En el tramo final hacia Novi Ligure, una vez superado también el Bric Berton, la carrera se convirtió en un pulso agónico y puramente táctico. El EF y el Movistar entraron a los relevos en la cabeza del pelotón para evitar a toda costa que el grupo de los velocistas rezagados, que rodaba perdiendo más de un minuto, pudiera enlazar.
A pesar de los grandes esfuerzos de hombres como Milan o Magnier por organizar la persecución desde el grupo trasero, las opciones de llegada masiva se esfumaron definitivamente.
En los últimos 10 kilómetros, el nerviosismo se apoderó de los favoritos que aguantaban en el grupo principal. Giulio Ciccone e Igor Arrieta ensayaron un duro ataque a 6 kilómetros y medio de la conclusión, un movimiento al que intentó sumarse Markel Beloki, pero la rápida reacción de formaciones como el EF y el NSN sofocó la rebelión.
Fue precisamente esa fatiga acumulada tras la dura persecución la que dejó el terreno abonado para que Segaert, con una potencia descomunal, asestara el golpe definitivo y se llevara toda la gloria.