Más de una década después del derrumbe de su carrera,
Lance Armstrong ha ofrecido una reflexión franca sobre cómo procesó las consecuencias de su caso de
doping. Ha hablado de su experiencia como uno de los primeros ejemplos de lo que hoy se describe como cultura de la cancelación.
En el
podcast Frodeno Going Mental presentado por Jan Frodeno, Armstrong repasó el periodo en torno a su admisión de dopaje en 2013, cuando sus largas negativas cedieron por fin en una entrevista televisada que redefinió su imagen a escala mundial.
La cima deportiva de Armstrong sigue siendo uno de los periodos más definitorios del ciclismo moderno. Entre 1999 y 2005 ganó con trampas siete Tours de Francia consecutivos con el equipo US Postal Service, imponiendo un control que transformó la manera de correr las Grandes Vueltas.
Esa era terminó de forma tajante en 2012, cuando la Agencia Antidopaje de Estados Unidos concluyó su investigación y le despojó de sus títulos, imponiéndole una suspensión de por vida. Al año siguiente, Armstrong admitió públicamente el uso de sustancias para mejorar el rendimiento, poniendo fin de golpe a una de las carreras mejor construidas que había visto el deporte.
Con la perspectiva del tiempo, Armstrong describió el cambio inmediato de percepción como abrupto. “El día después de contárselo al mundo, entendí cómo funcionaba: ayer eras un héroe y hoy no eres nada.”
“Tuve que encontrar la forma de sobrevivir”
La aparición en el podcast, titulada Built to Survive, giró en torno a cómo Armstrong navegó aquel periodo. Habló de su crianza con una madre soltera, que lo tuvo a los diecisiete, y de su anterior batalla contra un cáncer testicular, antes de centrarse en los años posteriores al colapso de su carrera.
“Ahí fue cuando realmente tuve que encontrar la forma de sobrevivir”, dijo. “Tuve que decirme: mira, se acabó, fin. El tiempo dirá si es cierto, pero siento que quedé atrapado en la cultura de la cancelación por la que ha pasado Estados Unidos. Probablemente fui de los primeros en vivirlo.”
Armstrong explicó que la prioridad inmediata fue la estabilidad más que la rehabilitación. “Lo único que me prometí fue mantenerme sano y no engancharme a nada”, afirmó, reconociendo que más tarde tuvo problemas con el alcohol. Añadió que retirarse por completo nunca fue una opción. “También sabía que no podía quedarme en un rincón a llorar. Tenía que seguir. La vida es desordenada y solo te queda seguir adelante y arreglar las cosas.”
Balance sobre su enfoque en la élite
Armstrong también abordó las críticas recurrentes a su comportamiento dentro del pelotón, donde a menudo se le retrató como una figura inflexible y dominante. “Pero creo que había muy pocos tipos amables en la cima del deporte en aquel momento”, señaló. “Visto ahora, quizá debería haberlo disfrutado más y haberme tomado tiempo para apreciar lo que logré. En parte, llevé las cosas al extremo.”
Esa mentalidad, sugirió, era inseparable de las exigencias del alto nivel. “Era un trabajo y me pagaban por ganar, así que eso hice”, dijo. “Pero puede que lo llevara demasiado lejos y al final pagué el precio. Sobre la bici funcionó, fuera de ella ya no.”
Las declaraciones de Armstrong llegan mientras su historia vuelve a despertar interés más allá del ciclismo,
con un gran biopic de Hollywood actualmente en desarrollo. Falta por ver si esa atención renovada modifica el recuerdo de su carrera, pero sus últimas palabras subrayan cómo sigue interpretando un periodo que transformó su vida y al propio deporte.
Lance Armstrong, en el Tour de Francia con US Postal