El impulso del ciclismo hacia un rastreo obligatorio por GPS de los corredores ha dado un paso importante, pero la inercia no ha surgido en el vacío. La han moldeado una serie de incidentes que han expuesto una vulnerabilidad persistente en el deporte. Cuando un ciclista se sale de la carretera, la detección no siempre es inmediata.
Esa realidad quedó en primer plano en el
Mundial de Ruta 2024 en Zúrich, donde
Muriel Furrer se estrelló durante la prueba en línea junior femenina y más tarde fue encontrada inconsciente fuera del recorrido. Falleció al día siguiente. Aunque las investigaciones no establecieron de forma concluyente que un posible retraso en localizarla causara su muerte, las circunstancias plantearon preguntas urgentes sobre la rapidez con que se puede hallar a un corredor cuando desaparece de la vista.
Más recientemente, la cuestión reapareció en el Tour de la Provence. El corredor de
Lidl-Trek Soren Kragh Andersen se cayó en la etapa inaugural tras atacar en un descenso, pero el pelotón asumió inicialmente que había abierto hueco. En el podcast Forhjulslir,su compañero Mattias Norsgaard describió cómo pasó un tiempo considerable antes de que el equipo entendiera lo ocurrido, afirmando que pasó “una hora y media antes de que supiéramos que Soren Kragh Andersen se había caído”.
Dos incidentes, desenlaces distintos, pero la misma preocupación de fondo.
La UCI traza el camino hacia el rastreo obligatorio
Con este telón de fondo, la
UCI ha hecho avanzar la conversación.
Según informa Domestique, el presidente de la UCI,
David Lappartient, ha escrito a equipos, organizadores y representantes de los ciclistas para iniciar la siguiente fase de implementación del rastreo por GPS, con la expectativa de que estos sistemas acaben siendo obligatorios en el ciclismo profesional.
El organismo rector ha solicitado a las partes interesadas que presenten propuestas que abarquen aspectos técnicos y operativos, con plazo hasta finales de abril. Aunque el proceso se plantea como colaborativo, la dirección es clara. Si no se alcanza una solución ampliamente aceptada, la UCI está preparada para definir el sistema y exigir su adopción.
De forma clave, la federación ha descrito el riesgo de que los ciclistas salgan del recorrido sin ser detectados como un “peligro fundamental” en el contexto actual de carrera.
Ese lenguaje refleja un cambio en la forma de abordar el asunto. Lo que antes se debatía como una posible mejora ahora se enmarca como un requisito básico de seguridad.
El jefe de la UCI, David Lappartient
De un debate estancado a una presión creciente
El camino hasta aquí no ha sido sencillo. Los intentos previos de introducir sistemas de rastreo se atascaron por desacuerdos sobre la implementación, la gobernanza de los datos y el control. Esa tensión afloró en público en el Tour de Romandie Féminin, donde varios equipos fueron descalificados tras una disputa sobre el uso de dispositivos de seguimiento durante una carrera.
Al mismo tiempo, algunos elementos de la tecnología ya se emplean, con datos de localización en tiempo real y alertas en pruebas seleccionadas. La pregunta ya no es si estos sistemas pueden funcionar, sino cómo aplicarlos de forma coherente en todo el deporte.
Los incidentes recientes han añadido urgencia a ese debate.
Cuando un corredor desaparece en un descenso o abandona la carretera fuera del alcance visual del convoy, el tiempo que se tarda en identificar la situación y responder se vuelve crítico. Es esa brecha la que pretende cerrar el rastreo por GPS.
Una solución aún en construcción
Pese al tono más firme de la UCI, la implantación total aún queda a cierta distancia.
La fase actual se centra en la consulta, con múltiples sistemas y enfoques sobre la mesa. Un marco abierto, que permita a distintos proveedores operar bajo estándares definidos, es una posible vía, pero persisten dudas sobre cómo gestionar y hacer cumplir el sistema en todos los niveles de competición.
Lo que está claro es que el debate ha evolucionado. La muerte de Furrer en Zúrich obligó al ciclismo a afrontar una cuestión difícil. Provence demostró que el problema de fondo sigue ahí. Ahora, el deporte avanza hacia una solución.
Que esa solución se acuerde de forma colaborativa o termine por imponerse definirá la siguiente fase de la evolución de la seguridad en el ciclismo.