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París-Roubaix recibe a varios debutantes con destinos dispares cada temporada. En 2026, un cuarto del pelotón afrontó por primera vez el Monumento francés, muchos sin experiencia previa en los adoquines de Roubaix en sub-23 o júnior.
No era del todo el caso de Cole Kessler, 42º el año pasado en la categoría sub-23, pero la carrera grande del domingo en Roubaix no admite comparaciones: por su longitud, velocidad y el Bosque de Arenberg.
En su estreno, Kessler se marcó un objetivo ambicioso: entrar en la escapada matinal.
"Estuve intentando meterme en la fuga durante dos horas. A más de 50 por hora… y no se hizo nada", contó Kessler a
Domestique sobre los decenas de intentos por abrir hueco antes de que los favoritos movieran ficha, con la esperanza de colarse lo más lejos posible en el final.
Pronto, sin embargo, quedó claro que no habría fuga en el debut de Modern Adventure Pro Cycling: "Tuve que desistir y comenzar de nuevo cuando me di cuenta de que la escapada no iba a cuajar", admitió.
Pese a llegar con varias carreras en las piernas, fue en la primera mitad de Roubaix cuando Kessler añadió un hito a su palmarés en Strava: "Hice mis 100 millas más rápidas de siempre… más de 50 por hora de media".
La carrera solo empieza de verdad en los adoquines
Así que, a tope durante dos o tres horas, y eso es solo un intermedio antes de que la carrera arranque de verdad. "Es una locura, tío. Bloqueas frenos, derrapas, patinas, esquivas cosas", describió sin filtros el joven estadounidense. "A las tres horas, estás jodido y no sabes cómo vas a acabar. Vuelves a pasar… te sientes bien… luego mal otra vez. Es una montaña rusa".
Kessler superó los primeros tramos en el grupo delantero, pero el gasto por encontrar la escapada desde la bajada de banderas le pasó factura. Empezó a sufrir y acabó cediendo contacto.
Entonces, la naturaleza de la carrera cambia cuando lo que queda del pelotón entra en el tramo empedrado más icónico de París-Roubaix: el bBsque de Arenberg.
Wout van Aert ganó una París-Roubaix 2026 increíble.
Las ganas de llegar pesan más que el dolor de piernas
Pero Roubaix no termina cuando pierdes el grupo de cabeza. Los de delante y los de atrás comparten algo: un suplicio interminable. Solo cambian las motivaciones. Aun así, todos sueñan con alcanzar el Velódromo, algunos incluso sin mirar el control de tiempo.
Rodando a 15 minutos de la cabeza, a menudo sería más fácil bajarse de la bici… pero el aliento del público no te deja: "La afición estaba loca. Aún me zumban los oídos", relató Kessler, que definió las dos últimas horas como "la mejor experiencia de mi vida".
Y al final de todo, aparece el Velódromo. Tras horas de ruido y compresión, se abre, ancho y definitivo, un lugar donde la carrera se ralentiza lo justo para que todo te alcance. "El momento en que te das cuenta de que tu sueño se ha cumplido… es bastante guay", admitió.
Sus padres están allí. Los oye antes de verlos. Y, por un instante, la carrera devuelve algo. "Sí… quizá se me escapó alguna lágrima".
Cruzó meta en 108º lugar, a más de quince minutos
del vencedor Wout van Aert. Más importante que el resultado fue conocer los adoquines de París-Roubaix. Por supuesto, Kessler habría preferido un puesto más amable, pero ya piensa en volver para perseguir el esquivo éxito en el Infierno del Norte.