Para la mayor parte del pelotón, los Juegos Olímpicos de Invierno quedan en segundo plano cuando terminan las concentraciones de febrero. Para
Primoz Roglic, nunca es así. Su camino hacia la élite deportiva empezó en el trampolín de saltos mucho antes de llevarle a lo más alto de los podios de Grandes Vueltas y al oro olímpico en la contrarreloj.
Así que cuando los Juegos de Invierno llegaron a Milán, Roglic no acudió como un mero espectador lejano ni como una celebridad invitada. Viajó como alguien que entiende el momento desde dentro.
Roglic estuvo presente en la Casa de Eslovenia en Cortina d’Ampezzo durante los Juegos, siguiendo las pruebas como aficionado y no como competidor. Vio por televisión la competición femenina de salto y asistió en persona al descenso femenino. Lo que presenció le removió algo muy familiar. Cuando Nika Prevc se quedó a un paso del oro olímpico, la reacción de uno de los deportistas eslovenos más laureados fue inmediata y sincera.
“Se te llenan los ojos de lágrimas. Simplemente eso”,
dijo Roglic en declaraciones recogidas por Siol, al explicar cómo se sintió al ver la competición. “Sobre todo cuando la estaba viendo a ella.”
Un campeón ante un momento que conoce demasiado bien
Para los aficionados al ciclismo, la respuesta de Roglic cala con fuerza. Su carrera ha estado marcada tanto por los triunfos en Grandes Vueltas como por los casi, las caídas y las derrotas por centímetros. Pocos entienden mejor que él lo fina que es la línea entre la gloria y el desgarro en los grandes escenarios.
Ese contexto enmarcó su reacción a la plata de Prevc. Roglic no minimizó la decepción ni la endulzó con tópicos. Explicó por qué el dolor es natural y, a su juicio, necesario en deportistas programados para ganar.
Roglic ha pasado de saltador de esquí a uno de los grandes vueltómanos de su generación
“Nika es una ganadora porque ya ha vencido en muchas competiciones”, afirmó. “Y también es cierto que, si como deportista te conformas con ser segundo, nunca ganarás. Era comprensible, y también necesario.”
Sus palabras pesan viniendo de un corredor que ya ha vivido la presión olímpica. Roglic ganó el oro en la contrarreloj individual en los Juegos de Tokio, pero su relación con los Juegos se remonta mucho antes de ese éxito. Como exsaltador de esquí, los Juegos de Invierno fueron en su día el sueño que definió sus ambiciones deportivas.
“Soñaba con los Juegos de Invierno. Más que con los de verano, sin duda”, admitió. “Es bonito sentirlos, aunque sea solo como espectador.”
Por qué la plata aún duele en la élite
Los comentarios de Roglic ofrecieron además una rara ventana a cómo miden el éxito los atletas de primer nivel. Desde fuera, una plata o un podio son hitos de carrera. Dentro del pelotón, suelen tener un coste emocional más complejo.
“Lo que la gente ve son los primeros puestos y las medallas”, señaló Roglic. “Pero todos los deportistas sabemos que no dices un año antes: ‘El año que viene voy a ir a los Juegos Olímpicos’. Tienes que vivir y soñar esto toda tu vida para que suceda. Y luego todavía tienes que ser mejor para lograr algo importante, una medalla u otro éxito.”
Esa perspectiva trasciende el salto de esquí. Las carreras ciclistas se construyen con años de sacrificio por momentos que a veces duran segundos. Para Roglic, ver a Prevc no iba de analizar técnica o resultados. Se trataba de reconocer la mezcla conocida de orgullo, frustración y ambición que define el deporte de alto nivel.
“Tiene que estar muy orgullosa de esa medalla”, dijo. “Ahora puede simplemente disfrutarla. Lo que mostró durante toda la temporada y ahora es solo un bonus. Aplaudiremos y lo disfrutaremos.”
En Milán,
Roglic no era el ciclista peleando por segundos en la carretera. Era el exsaltador, el campeón olímpico y el corredor curtido que veía a una compatriota vivir un momento que conoce íntimamente. En un deporte que a menudo mide el éxito en vatios y diferencias, su reacción recordó que, en la cima, la emoción sigue cortando más hondo.