La historia de la
Vuelta a España no se entiende únicamente a través de los nombres de
los campeones que han levantado el trofeo en Madrid. Detrás de cada victoria en la clasificación general, de cada jornada de montaña resuelta con éxito y de cada defensa del liderato, ha existido un grupo de corredores dispuestos a sacrificar sus propias opciones para multiplicar las de sus jefes de filas. Son los gregarios, ciclistas cuya importancia no siempre se refleja en las estadísticas, pero que resultan indispensables para explicar los triunfos de los grandes campeones.
A lo largo de las décadas, la ronda española ha reunido a algunos de los mejores especialistas en este oficio. Escaladores capaces de acompañar a los favoritos en los puertos más exigentes, rodadores encargados de controlar las fugas y mantener el pelotón bajo control, o corredores polivalentes preparados para resolver cualquier contratiempo. Cada uno ha desempeñado una función diferente, aunque todos han compartido una misma filosofía: anteponer los objetivos colectivos a las ambiciones individuales.
Entre los nombres que representan esa cultura ciclista destacan
Sepp Kuss, Marino Alonso, Arsenio González,
Herminio Díaz Zabala y
Carmelo Miranda. Sus trayectorias pertenecen a distintas generaciones y responden a contextos deportivos muy diferentes, desde el dominio de las grandes estructuras españolas de los años noventa hasta la sofisticación táctica de los equipos modernos. Sin embargo, todos ejemplifican la importancia de contar con corredores fiables, capaces de interpretar la carrera y tomar decisiones decisivas en los momentos de mayor tensión.
Algunos de ellos alcanzaron resultados individuales de enorme prestigio, mientras que otros construyeron su legado a partir de la regularidad, la lealtad y el trabajo silencioso. El caso de Kuss, ganador de la Vuelta en 2023 después de haber trabajado durante años para otros líderes, demuestra que la frontera entre gregario y aspirante puede desaparecer cuando las circunstancias lo permiten. Los cinco representan distintas formas de entender un oficio esencial para conquistar
la ronda española.
Sepp Kuss, ciclista de Visma - Lease a Bike.
Sepp Kuss, el gregario que terminó conquistando La Vuelta
Sepp Kuss representa como pocos la figura del gregario moderno: un escalador ligero, resistente y capaz de mantener un ritmo elevado durante largos ascensos, incluso cuando los principales favoritos comienzan a seleccionar el grupo. Nacido en Durango, Colorado, el estadounidense encontró en la montaña su principal virtud y se convirtió en una pieza imprescindible para el Jumbo-Visma, posteriormente denominado Visma-Lease a Bike. Su capacidad para acompañar a los mejores escaladores del pelotón le permitió ganarse un lugar privilegiado dentro de una de las estructuras más dominantes del ciclismo contemporáneo.
Su papel resultó fundamental en los éxitos de Primož Roglič y Jonas Vingegaard. Kuss trabajó para el esloveno en las grandes vueltas que conquistó con el equipo neerlandés y también fue uno de los hombres de confianza del danés durante sus triunfos en el Tour de Francia de 2022 y 2023. Su participación en las tres grandes vueltas durante la temporada 2023 evidenció, además, una capacidad de recuperación extraordinaria. En el Giro de Italia y el Tour de Francia desempeñó su habitual función de escudero, antes de acudir a España con la misma misión.
Sin embargo, la Vuelta a España de 2023 cambió definitivamente su trayectoria. Kuss aprovechó una escapada para ganar en el Pico del Buitre, en Javalambre, y vestirse de rojo. Su rendimiento en las jornadas posteriores convenció al equipo de que podía defender sus opciones. Finalmente, se proclamó vencedor por delante de Vingegaard y Roglič, convirtiéndose en el primer estadounidense que ganaba una gran vuelta desde Chris Horner en 2013. Su triunfo simbolizó la recompensa a años de sacrificio colectivo y demostró que un buen gregario también puede convertirse en campeón cuando encuentra la oportunidad adecuada.
Marino Alonso, el escudero de confianza de Miguel Indurain
Marino Alonso fue uno de los corredores que mejor representaron el trabajo silencioso dentro del Banesto de los años noventa. Rodador sólido, resistente y con capacidad para desenvolverse en diferentes terrenos, el ciclista zamorano desarrolló buena parte de su carrera profesional en una estructura que vivió una de las épocas más exitosas de la historia del ciclismo español. Su función consistía en ofrecer seguridad al líder, controlar situaciones de carrera y ayudar a que el equipo llegara a los momentos decisivos con sus principales bazas bien protegidas.
Su nombre quedó especialmente ligado a Miguel Indurain, para quien ejerció como gregario durante la época de los cinco triunfos consecutivos del navarro en el Tour de Francia, entre 1991 y 1995. Alonso también compartió estructura con otros corredores destacados del ciclismo español de aquella generación y conoció las exigencias de un equipo construido alrededor de un líder con unas condiciones excepcionales para las grandes vueltas. Su trabajo como doméstico, lejos de los focos, respondía a una necesidad fundamental: evitar que Indurain tuviera que gastar energías innecesarias antes de las etapas que realmente decidían las carreras.
A pesar de esa dedicación colectiva, Alonso también encontró oportunidades para brillar individualmente. Ganó dos etapas de la Vuelta a España, en 1993 y 1994, además de conquistar la Subida al Naranco en 1988 y el Trofeo Comunidad Foral de Navarra en 1994. Esos resultados muestran que no era únicamente un corredor destinado a trabajar para los demás, sino un ciclista capaz de aprovechar su fortaleza y experiencia cuando recibía libertad para buscar una victoria. Su combinación de fiabilidad, resistencia y conocimiento táctico lo convirtió en un aliado valioso para Indurain y en uno de los nombres representativos de aquella generación de gregarios españoles.
La historia del Tour de Francia no se entiende sin Pedro Delgado.
Arsenio González, un escalador resistente al servicio del equipo
Arsenio González fue un corredor polivalente que destacó especialmente por su capacidad para desenvolverse en terrenos exigentes. Profesional entre 1983 y 1998, pasó por equipos como Kelme, Teka, CLAS-Cajastur y Mapei, además de regresar a Kelme en la parte final de su trayectoria. Su perfil encajaba en una generación de ciclistas españoles acostumbrados a asumir diferentes responsabilidades dentro de la estructura: desde endurecer la carrera en los puertos hasta acompañar a los líderes en jornadas largas y difíciles. Su experiencia y regularidad le permitieron prolongar su carrera durante quince temporadas.
A lo largo de esos años coincidió con algunas de las principales figuras del pelotón español e internacional. Su trayectoria atravesó la época de Pedro Delgado y Miguel Indurain, así como la consolidación de equipos españoles cada vez más competitivos en las grandes vueltas. Aunque su palmarés no permite atribuirle en exclusiva el papel de escudero de un único jefe de filas, su permanencia en estructuras como Kelme y CLAS-Cajastur refleja su capacidad para adaptarse a diferentes proyectos deportivos. En un ciclismo donde los equipos necesitaban corredores fiables para controlar las etapas y proteger a sus líderes, ese tipo de versatilidad tenía un valor considerable.
González también consiguió resultados individuales que avalan su calidad. Ganó una etapa de la Volta a Catalunya en 1988, además de la Clásica de Sabiñánigo y el Circuito de Getxo en 1996. En la Vuelta a España de 1992 terminó segundo en una etapa, mientras que en el Tour de Francia logró una quinta posición parcial en 1995. No fue uno de los grandes dominadores de la clasificación general, pero su trayectoria evidencia que el trabajo colectivo no estaba reñido con la capacidad para competir al máximo nivel. Su fortaleza residía en ofrecer rendimiento durante toda la temporada y aportar soluciones en carreras donde la estrategia de equipo resultaba determinante.
Herminio Díaz Zabala, una pieza fundamental de la maquinaria de la ONCE
Herminio Díaz Zabala fue uno de los gregarios más representativos de la ONCE dirigida por Manolo Saiz, una estructura que convirtió la organización colectiva en una de sus principales señas de identidad. Nacido en Reocín, Cantabria, en 1964, el corredor español desarrolló una trayectoria profesional entre 1986 y 1998. Su perfil combinaba resistencia, capacidad para rodar durante muchos kilómetros y experiencia para interpretar las diferentes situaciones de carrera. Era un corredor capaz de trabajar en el llano, contribuir al control del pelotón y aprovechar su fortaleza física cuando las circunstancias le permitían buscar una victoria.
Después de comenzar su carrera en Teka y pasar por Reynolds, Díaz Zabala se incorporó a la ONCE en 1989. Allí formó parte de una estructura que destacó por su disciplina táctica y su extraordinario rendimiento en las contrarrelojes por equipos. Trabajó para diferentes líderes durante una etapa en la que el conjunto amarillo contó con corredores de primer nivel y desarrolló una manera muy reconocible de competir. Su función no consistía únicamente en mantener el ritmo del grupo, sino también en interpretar las órdenes del director deportivo, anticiparse a los movimientos rivales y contribuir a que los jefes de filas llegaran protegidos a los momentos decisivos.
Su trayectoria demuestra que el gregario no tiene por qué renunciar completamente al protagonismo individual. En 1989 ganó una etapa de la Vuelta a España, mientras que en 1991 conquistó la Tirreno-Adriático, convirtiéndose en el primer español en ganar la prueba italiana. Aquel triunfo fue uno de los mayores éxitos de su carrera y confirmó su capacidad para competir por objetivos propios cuando tenía libertad. Su posterior paso a la dirección deportiva prolongó su vinculación con el ciclismo de alto nivel. Díaz Zabala fue un ejemplo de corredor completo: capaz de sacrificarse por sus compañeros, pero también de aprovechar las oportunidades para escribir su propio nombre en el palmarés.
Miguel Indurain con el maillot amarillo del Tour de Francia
Carmelo Miranda, el trabajo silencioso en el Banesto
Carmelo Miranda perteneció a una generación de corredores españoles que desarrolló buena parte de su carrera en equipos con grandes aspiraciones en las vueltas por etapas. Nacido en Aranda de Duero en 1969, fue profesional entre 1991 y 1998, primero en Artiach y posteriormente en Banesto, antes de terminar su trayectoria en Estepona en Marcha-Brepac. Su perfil respondía al de un corredor de equipo acostumbrado a competir en pruebas de varios días y a asumir las tareas que exigía la estrategia colectiva. Aunque su trayectoria no estuvo marcada por grandes triunfos en las principales carreras, su presencia en una estructura como Banesto le permitió formar parte del entorno competitivo de una de las escuadras más importantes del ciclismo español.
Su etapa en Banesto coincidió con los últimos años de Miguel Indurain y con la transición hacia una nueva generación de líderes, entre ellos Abraham Olano y otros corredores que aspiraban a mantener al equipo en la élite internacional. En ese contexto, la contribución de los ciclistas de apoyo resultaba esencial para sostener la competitividad durante las grandes vueltas. Los gregarios debían ayudar a controlar las escapadas, proteger a sus jefes de filas en el pelotón y responder a las exigencias de las etapas de montaña. Miranda formó parte de ese engranaje, aunque conviene distinguir su pertenencia a la estructura de la atribución de tareas específicas que no siempre quedan documentadas en las estadísticas.
Su principal resultado individual llegó en la Ruta del Sur de 1995, donde terminó segundo de la clasificación general, únicamente por detrás del suizo Laurent Dufaux. Ese mismo año participó en el Tour de Francia, una experiencia que refleja el nivel necesario para formar parte del pelotón de una gran vuelta. En su etapa amateur había ganado la Vuelta a Palencia en 1990, antes de dar el salto al profesionalismo. Su trayectoria representa una faceta menos reconocida del ciclismo: la de los corredores que contribuyen a sostener el nivel de una estructura sin acumular grandes titulares, pero que resultan necesarios para completar una plantilla competitiva.