Fariba Hashimi ha convertido una historia marcada por el miedo y la persecución en una de las imágenes más poderosas del ciclismo afgano. La corredora de 23 años, que durante su adolescencia llegó a disfrazarse de hombre para poder entrenar, acaba de conquistar la medalla de plata en la
carrera en ruta femenina de los Juegos Asiáticos.
Su historia está estrechamente ligada a la situación de las mujeres en Afganistán. Tras el regreso de los talibanes al poder en 2021, las restricciones sobre las libertades femeninas se endurecieron todavía más y el deporte quedó fuera del alcance de muchas mujeres. Para Hashimi, abandonar el país se convirtió en la única vía para seguir persiguiendo su sueño.
Antes de marcharse, la ciclista ya había tenido que enfrentarse a una realidad extrema. Montar en bicicleta podía convertirla en objetivo de insultos e incluso agresiones, por lo que llegó a vestirse como un hombre para poder salir a entrenar. Cinco años después de su huida, vive y prepara sus temporadas en Italia y continúa representando a Afganistán en las grandes competiciones.
Ahora, su medalla de plata en los Juegos Asiáticos añade otro capítulo a una trayectoria que también incluye su participación en los Juegos Olímpicos de París junto a su hermana Yulduz, también ciclista profesional. El objetivo ya está puesto en Los Ángeles 2028, una cita que ambas esperan volver a disputar.
Una medalla contra el miedo
"No puedo explicar lo que siento ahora", reconoció Hashimi, en
palabras recogidas por Marca, después de subir al podio. Para la ciclista, el resultado trasciende lo deportivo y representa también una respuesta a las circunstancias que marcaron su juventud. "Nací en un país donde las mujeres que sueñan son atacadas y estoy muy feliz de haber luchado contra eso".
Hashimi comenzó a entrenar junto a su hermana Yulduz en Afganistán, en un contexto en el que practicar ciclismo siendo mujer podía suponer un riesgo. La situación terminó obligándolas a buscar una salida del país para poder continuar con sus carreras deportivas y competir con libertad.
La ciclista afgana no quiso separar su éxito individual de la situación de millones de mujeres que permanecen en su país. "Nos arrebataron nuestra libertad, nos lo quitaron todo. Esta medalla de plata demuestra la gran resiliencia de las mujeres afganas, y estoy muy feliz. No estoy sola; sé que millones de mujeres de muchos países comparten este sueño y me apoyan".
Su llegada a Italia fue posible gracias a la ayuda de la excampeona
mundial italiana Alessandra Cappellotto, que colaboró para facilitar su salida de Afganistán. Desde entonces, Hashimi ha podido desarrollar su carrera con unas condiciones muy diferentes y convertir aquella huida en una oportunidad para seguir compitiendo al máximo nivel.
El sueño de volver a unos Juegos Olímpicos
"Nunca quiero rendirme y espero que podamos estar de nuevo en Los Ángeles", afirmó. A sus 23 años, Hashimi todavía tiene margen para seguir creciendo como corredora, pero su historia ya ha trascendido los resultados y las medallas.
Su camino desde Afganistán hasta el podio asiático representa también el de muchas deportistas que se vieron obligadas a abandonar su país para poder continuar con sus carreras. Para Hashimi, sin embargo, competir bajo la bandera afgana sigue teniendo un significado especial.
La plata conquistada en los Juegos Asiáticos es, por ello, mucho más que un resultado deportivo. Es el símbolo de una ciclista que un día tuvo que esconderse para poder montar en bicicleta y que ahora puede subir a un podio internacional representando a su país sin ocultar quién es.